Formar personas para un mundo que aún no existe

Autor: Hugo Paz Pastor
Director de Escuela de Postgrado
Universidad Católica San Pablo

 

 

Hace unos días, Romi, mi hija de 10 años, me dijo:

—Papá, la miss de inglés nos ha enseñado una canción hecha con inteligencia artificial.

Le respondí:

—¿Y cómo sabes que la hicieron con inteligencia artificial?

— Se nota, pues, papá…se nota.

Su respuesta me sorprendió. No porque supiera qué es la inteligencia artificial, sino porque ya la reconoce con naturalidad y ha comenzado a convivir con ella. Para su generación, la IA no es una novedad; empieza a ser parte de su vida.

Curiosamente, en su colegio, el uso de inteligencia artificial está prohibido en primaria, mientras que en secundaria se permite de manera controlada. Esa decisión me llevó a reflexionar.

Con frecuencia escuchamos —o incluso decimos— que «los niños de ahora ya no son como los de antes». ¿Y por qué tendrían que serlo? El mundo en el que están creciendo tampoco se parece al que nosotros conocimos.

De hecho, los adultos tampoco somos los mismos. Hoy convivimos con tecnologías que no existían cuando nacimos o cuando estudiábamos. Utilizamos herramientas cuyo funcionamiento muchas veces no comprendemos del todo y, casi sin darnos cuenta, hemos empezado a consultar a un nuevo «experto» que responde preguntas, redacta documentos, resuelve tareas y hasta parece ejercer de terapeuta. Puede tener distintos nombres, pero comparte un mismo apellido: inteligencia artificial.

¿Cómo preparar a los estudiantes para el futuro?

Quienes hemos asumido el compromiso de formar personas enfrentamos un doble desafío. Por un lado, mantenernos actualizados en un mundo que cambia a una velocidad sin precedentes. Por otro, educar no solo para responder a las necesidades del presente, sino para preparar a nuestros estudiantes para un futuro que todavía no existe.

Hoy el conocimiento, por sí solo, ya no es suficiente. En realidad, quizá nunca lo fue. Lo verdaderamente importante es lo que somos capaces de hacer con él.

Tenemos más información, más conocimiento y más tecnología disponible que hace treinta años. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿nos alimentamos mejor?, ¿tenemos una mejor calidad de vida?, ¿tomamos mejores decisiones?

Los avances son innegables y existen innumerables esfuerzos individuales que han transformado vidas. Pero, como sociedad, la respuesta no parece ser tan evidente.

El criterio humano sigue siendo insustituible

Esta paradoja ha reavivado una vieja discusión sobre la naturaleza de nuestras decisiones. Solemos considerarnos seres racionales; sin embargo, quizá sea más preciso decir que somos seres con capacidad de razonar, aunque no siempre la utilicemos plenamente.

Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía y uno de los mayores estudiosos del comportamiento humano, demostró que gran parte de nuestras decisiones se apoyan en atajos mentales —las heurísticas— y en sesgos cognitivos que limitan nuestra capacidad para decidir objetivamente.

Si esto es así, entonces formar personas no puede consistir únicamente en transmitir información. Las máquinas podrán almacenar y procesar datos mucho mejor que nosotros. Nuestro verdadero desafío es formar personas capaces de interpretar, cuestionar, crear y utilizar el conocimiento con criterio.

Y ese desafío conduce a otro aún mayor: formar mejores personas para tener mejores profesionales.

La inteligencia artificial podrá automatizar procesos, resolver tareas complejas e incluso apoyar la toma de decisiones. Pero seguirá siendo el ser humano quien deba aplicar el criterio, asumir la responsabilidad ética, inspirar confianza, liderar equipos y tomar decisiones en contextos de cambio e incertidumbre.

La persona sigue siendo el centro de la educación

Por eso, mientras educamos, resulta indispensable volver a poner a la persona en el centro. Especialmente en una época en la que el temor a ser reemplazados por la tecnología comienza a instalarse en muchos espacios.

Estoy convencido de que los conocimientos que impartimos hoy deberán aplicarse en un mundo que, cuando nuestros estudiantes egresen, probablemente será muy distinto del actual.

Los seres humanos conservamos un superpoder que ninguna tecnología puede reemplazar: la capacidad de elegir quiénes queremos ser y cómo respondemos a los desafíos que enfrentamos.

Si la inteligencia artificial funciona a partir de un prompt, nosotros tenemos la posibilidad de diseñar el «prompt» de nuestras propias vidas, actuando con libertad, propósito y autenticidad.

Ese es, y probablemente siempre será, el mayor valor de la educación.