Hace apenas una década, decir en voz alta «voy a terapia» era motivo de silencio en muchas familias peruanas. Hoy, esa misma frase se escucha con más naturalidad en conversaciones cotidianas, redes sociales y hasta en entornos laborales. Este cambio no es casual: responde a una transformación cultural que está redefiniendo la manera en que los personas entienden su propio bienestar emocional.
En este artículo exploramos por qué más adultos están acudiendo a terapia, qué factores han impulsado este cambio de percepción y qué retos persisten para que este proceso alcance a toda la población.
Durante mucho tiempo, la salud mental en el Perú estuvo atravesada por un estigma profundo. Pedir ayuda psicológica solía interpretarse como una señal de debilidad, y era común escuchar frases como «eso es cosa de locos» para referirse a quienes acudían a terapia.
Este estigma se sostenía además sobre un desconocimiento generalizado: muchas personas no lograban identificar sus propios síntomas como algo tratable, y normalizaban la tristeza crónica, la ansiedad permanente o el insomnio como parte natural de la vida.
Un estudio realizado entre psicoterapeutas de Lima Metropolitana confirma que este fenómeno no solo afecta a los pacientes, sino incluso a los propios profesionales de la salud mental: se encontró que el autoestigma —la vergüenza interna de necesitar ayuda— es uno de los predictores más fuertes de la apertura o resistencia a buscar tratamiento psicológico.
Este cambio de mirada frente a la salud mental ya no es solo una percepción aislada: distintos especialistas en psicología coinciden en que el interés por el tema ha crecido de forma sostenida en los últimos años en el país. Esta mayor apertura ha permitido que más personas reconozcan condiciones como la depresión o la ansiedad no como fallas de carácter, sino como afecciones reales, con causas biológicas, psicológicas o una combinación de ambas.
Este giro cultural también se refleja en cifras. Solo en 2024, los establecimientos del Ministerio de Salud atendieron más de 1.3 millones de casos por trastornos de salud mental y problemas psicosociales, una cifra que ha continuado en aumento durante 2025. Aunque este incremento también responde a un mayor malestar emocional en la población, especialistas coinciden en que buena parte del crecimiento se explica porque más personas se animan hoy a buscar ayuda, algo que antes ocurría con mucha menos frecuencia.
Uno de los aspectos más interesantes de este fenómeno es cómo se ha ido transmitiendo entre generaciones. Los adultos jóvenes, criados en un contexto de mayor conversación abierta sobre emociones y salud mental, han sido en gran medida quienes impulsaron este cambio de mirada.
Sin embargo, su influencia no se ha quedado solo en su propio grupo etario: padres, tíos y hasta abuelos han comenzado, poco a poco, a replantearse ideas que antes daban por sentadas sobre lo que significa «estar bien» o «necesitar ayuda».
Este efecto de contagio generacional resulta especialmente relevante si se considera que, según el estudio global Sapien Labs 2026, el 40% de los peruanos entre 18 y 24 años presenta puntuaciones de salud mental calificadas como «angustiantes» o «con dificultades». La visibilidad de esta crisis entre los más jóvenes ha obligado a las familias enteras a hablar del tema con menos tabúes, incluso cuando quienes finalmente deciden iniciar terapia son los adultos.
Diversos factores explican por qué cada vez más adultos deciden iniciar un proceso terapéutico:
Este cambio positivo trae consigo un nuevo desafío: atender una demanda creciente de servicios especializados. El estigma no ha desaparecido del todo —sigue siendo particularmente fuerte en zonas rurales y en la población masculina—, y a esto se suman barreras estructurales como el costo de las sesiones privadas, la escasez de especialistas fuera de Lima y los tiempos de espera en el sistema público.
A esto se añade un desafío adicional que especialistas peruanos han empezado a señalar con preocupación: el crecimiento del interés por la salud mental no siempre viene acompañado de un crecimiento equivalente en la calidad de la formación profesional. Como advirtió recientemente un especialista citado por un medio universitario, pese al aumento del número de psicólogos y estudiantes de psicología en el país, los indicadores de salud mental no mejoran al mismo ritmo. La conclusión de fondo es clara: no basta con formar más profesionales, es necesario formar mejores profesionales, con bases científicas sólidas y un compromiso ético frente a enfoques sin respaldo en evidencia.
El hecho de que más adultos busquen terapia es, sin duda, una buena noticia para la salud pública del país. Pero detrás de cada persona que finalmente decide pedir ayuda, hay también un profesional que debe estar preparado para recibirla con las herramientas correctas.
La psicología ya no puede pensarse únicamente desde el consultorio tradicional: hoy debe responder a procesos de duelo, dinámicas familiares cada vez más complejas, entornos laborales exigentes y una población joven que llega a terapia con necesidades distintas a las de generaciones anteriores.
Este escenario plantea una exigencia concreta para quienes ejercen o se están formando en psicología: mantenerse en constante actualización, dominar herramientas basadas en evidencia y comprender el contexto cultural particular en el que ejercen su labor en el Perú. No se trata solo de acompañar a más personas, sino de hacerlo con el nivel de preparación que la magnitud del problema exige.
Este cambio cultural, en otras palabras, no debería medirse únicamente por cuántas personas se animan a pedir ayuda, sino también por la calidad de la respuesta que el país es capaz de ofrecerles. Formar profesionales preparados para ese momento es, hoy más que nunca, una tarea urgente.
La Escuela de Postgrado de la Universidad Católica San Pablo, a través de su Departamento de Psicología, reúne una oferta de maestrías, diplomados, segundas especialidades y cursos pensados precisamente para esa tarea: seguir formando psicólogos capaces de estar a la altura de una sociedad que, por fin, empieza a hablar más abiertamente de su bienestar emocional.
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